DEVORAME,OTRA VEZ

DEVÓRAME, OTRA VEZ (Publicado el 18 de junio de 2.014 en Amazon)

Descripción del producto
Lorena sufre un percance con su vehículo cuando va hacia el aeropuerto a recoger a su "prometido", en su ayuda acude un misterioso "caballero andante motorizado". Cuando el extraño se quita el casco para ayudarla, Lorena descubre que es el hombre que le ha robado el sueño desde hace meses, un extraño con el tuvo un encuentro que no ha podido olvidar.
A pesar de desear con todas sus fuerzas alejarse de ese hombre misterioso que no la recuerda, la atracción entre ellos se enciende de nuevo y hará que Lorena se replanteé un futuro que parecía estar escrito.
El destino teje una intrincada red de casualidades que harán que Lorena dude, de si el destino que pensaba que le pertenecía, era el suyo.




Para ir abriendo boca, el primer capítulo:


Capítulo 1



Era tarde. Mis zapatos repiqueteaban en el ya vacío pasillo de las oficinas. Observé los dibujos que las vetas de mármol formaban en el suelo, caprichosos.

Era la cuarta sesión con el orientador del trabajo. Necesitaba deshacerme de esa fobia absurda. Ya no era una niña asustada encerrada en una habitación a oscuras. Ahora era una mujer adulta que adoraba el riesgo. No me importaba saltar al vacío sostenida por una cuerda elástica atada a mis tobillos; ni escalar montañas, que cuanto más escarpadas, más interesantes; tampoco había experimentado miedo al saltar desde un avión, disfrutando mientras confiaba en que un globo a mi espalda, que iba a ser mi única sujeción, se abriese... Y subirme a un simple ascensor, algo cotidiano para la mayoría de los mortales, me aterraba.

No era una reacción racional, pero no podía evitar sentirme así por más que luchaba contra ello. Siempre la misma sensación de ahogo, de que cada vez el espacio es más pequeño, el inevitable sudor en mi nuca y mis manos, y lo peor de todo, saber que estoy colgada dentro de una caja metálica a varios metros del suelo sostenida por unos cables.

Quiero deshacerme de mi miedo, poder tomar el ascensor y no subir las veintitrés plantas que separan el despacho donde trabajo del suelo, a pie. He de reconocer que tiene también su lado bueno, tengo unas piernas de infarto, tantas escaleras todos los días, durante varios años, han dado sus resultados.

Aun así, el orientador y yo hemos llegado a la conclusión de que necesito enfrentarme a este miedo yo sola, poco a poco; así que hoy, por primera vez en mi vida, estoy plantada frente a la puerta metálica del trasto, esperando pacientemente a que llegue a mi planta.

Veo como cada vez se acerca más, dejando tras de sí un reguero de luces amarillas que iluminan cada planta a su paso.

He decidido, o mejor, me he auto impuesto, hacerlo hoy. Es viernes, y a esta hora no queda nadie dentro del edificio aparte de los guardias de seguridad, que estarán con la última ronda. Así que no tendré que enfrentarme a mi miedo ante los ojos de nadie, y como premio me libraré de los apretones, roces, olores diversos a tabaco, café, sudor y otros que no soy capaz de saber con exactitud a qué se deben, y que además prefiero no saber a qué pertenecen.

El ding que hace la puerta al abrirse es la señal para que empiece mi prueba final. Siento mis manos resbaladizas, solo pensarlo ha hecho que se pongan a sudar; respiro profundamente tratando de animar a esa niña que todavía vive dentro de mí en algún rincón olvidado para que entre.

La puerta se cierra.

No he sido capaz.

Vuelvo a pulsar el botón y, de nuevo, su sonido de campanilla metálica me avisa de que está ahí, me advierte de que mi verdugo ha llegado a recogerme.

Mi verdugo. Esperándome con los brazos abiertos.

Siento un repelús.

Las puertas del ascensor se abren y se me antojan una gran y oscura boca de lobo que está dispuesto a engullirse a la ingenua Caperucita de un bocado.

Trato de infundirme valor a mí misma canturreando un mantra interno que acabo de improvisar. «No se va a caer, nunca se ha caído, es seguro, son demasiadas plantas para bajarlas andando, puedo parar en cualquier momento,...».

Decido meter la primera pierna y me tiembla todo el cuerpo, pero tengo claro que, o es ahora que estoy sola y alejada de miradas curiosas, o no será nunca. Consigo introducir la otra pierna, no sin esfuerzo. He tenido que agarrarme a la barandilla metálica y arrastrar el resto de mi cuerpo dentro del cacharro infernal.

Me agarro con fuerza al pasamanos mientras dejo mi espalda descansar contra la pared de espejo, intentando que su frialdad traspase mi ropa y me refresque, y evitando ver mi reflejo pálido y desconocido en él. Estoy a punto de vomitar. Me siento mareada, y eso que solo acaban de cerrarse las puertas. El lobo, al final, se ha tragado a Caperucita.

Siento las palmas de mis manos sudadas, la respiración acelerada entrecortando mi aliento. Cierro los ojos y trato de relajarme.

Miro de nuevo a la puerta y le digo amenazante que se atreva a soltarse de sus escuálidos brazos cableados y se las verá con lo que quede de mí. Sonrío por la tontería que acabo de pensar.

Pulso el botón de la planta baja.

No puede ser tan malo, solo unas plantas. «No se va a caer, no se va a caer», repito en mi mente.

Bajo la primera planta, ya me queda una menos. Después veo iluminarse otro número más, y otro. Voy a conseguirlo, solo me quedan... ¡¡Oh, no!! Otras mil, al menos. «No voy a ser capaz, no voy a ser capaz... No se va a caer. Nunca se ha caído. No va a pasarme a mí, puedo parar cuando lo desee».

Respiro con dificultad y noto mis rodillas doblarse tanto, que da la sensación de que se van partir como juncos castigados por un fuerte vendaval.

Cuando creo que no voy a poder soportar ni un segundo más esta situación de ahogo penetrante y asfixiante, el ascensor se detiene suavemente y la puerta vuelve a abrirse con su ding metálico.

Al principio, confundida, no sé qué sucede, pero entonces me percato de que el gran lobo está engullendo a otra ingenua víctima. Las luces le iluminan y, por un momento, un maravilloso instante, nuestras miradas se cruzan disipando mis temores.

Puedo ver sus espectaculares ojos grises, profundos y enmarcados por unas tupidas pestañas oscuras; al igual que su cabello, peinado con descuido; sus ojos, grandes, algo rasgados; su nariz, veo que está algo torcida hacia la izquierda, como si le hubiesen dado un buen golpe que hubiese cicatrizado mal; y sus labios, llenos, se entreabren como si fuesen a decir algo que callan.

No le conozco, la verdad es que no podría conocer a todos los empleados del edificio, pero, al menos, me resultaría familiar. Un hombre así no pasa desapercibido.

Creo que es el hombre más sexy con el que he tenido el placer de cruzarme nunca, y pienso, triste, que si estuviese en una discoteca, o en un pub, me habría lanzado a por él sin dudarlo, pero no dentro del maldito lobo metálico; aquí, en este momento, no soy yo, soy una triste sombra de mí misma.

—Buenas noches —susurra con una voz profunda y suave.

—Buenas noches —consigo decir de forma más o menos normal.

Él permite que vea su ancha espalda, cruza los brazos; al hacerlo puedo ver algo más de su fuerte hombro y adivino un tatuaje bajo la manga. No puedo distinguir qué es, pero no me importa, ahora mismo solo deseo seguir mirándolo. Es un espectáculo digno de ver.

Estoy incluso olvidando un poco que estoy encerrada en la lata de sardinas. Un castigo absurdo, porque en realidad, ¿qué importa si me dan pánico los lugares cerrados y más concretamente el puñetero ascensor?

Vuelvo a mirarle. Parece nervioso, mueve sin ir a ningún sitio su pies inquietos. Al bajar la vista me topo con su trasero, duro, redondo, prieto… Perfecto. Siento deseos de cogerlo entre mis manos y darle un masaje lento y suave. De repente me imagino con mis manos en su perfecto trasero, apretándolo entre mis dedos, dejando que mis manos disfruten de su tacto duro y terso. Solo de pensarlo noto cómo mis muslos se humedecen, cómo me falta el aliento y cómo la respiración se ha acelerado hasta convertirse en un jadeo.

Pero, por desgracia, no lo haré. El ascensor da una pequeña sacudida y de nuevo vuelvo a mi realidad, esa donde soy una chica patosa y asustadiza dentro de un maldito ascensor.

Él se gira y me mira.

—¿Estás bien? —pregunta en un tono formal.

—Sí, gracias, es solo...

—Miedo a los espacios cerrados, ¿no?

¿Cómo lo ha averiguado? Supongo que mi postura abatida y mi cara verde aguantando las náuseas habrán sido una pista más que suficiente.

—Sí, bueno, la verdad, más que a los espacios cerrados, es miedo a que esta lata colgada de cuatro alambres se precipite al vacío conmigo dentro y acabe reventada contra el suelo.

—A mí también me asustaban.

—¿De verdad? —No puedo creerlo, él desprende una seguridad, una fortaleza, que yo no tengo dentro del maldito lobo.

—Sí, es cierto. Pero logré vencer el miedo.

—¿Cómo? —pregunto ahora interesada y ansiosa por conocer alguna forma de acabar con esta fobia.

—Piensa que no estás en un lugar cerrado, que estás por ejemplo en un parque al aire libre, o en la playa paseando en la noche... A mí me funciona.

—Lo probaré, gracias —digo. Cualquier cosa para deshacerme de esta sensación de impotencia, de miedo.

El ascensor de nuevo nos regala otra sacudida, y otra más fuerte. El hombre está a mi lado, sosteniéndome fuertemente por la cintura. Me ajusta a su cuerpo y noto cómo tiemblo a su lado, aunque no estoy muy segura de que sea por miedo.

Otra sacudida más.

Grito.

Me aferro a su cuello.

Y entonces el ascensor se detiene. Las luces nos abandonan dejándonos a oscuras.

—¡Vamos a morir! —me oigo gritar a mí misma.

—No, todo estará bien.

—No hay electricidad, ¿cómo demonios va a sostenerse esta lata en el aire?

—No te preocupes, no caeremos.

—¡¿Cómo lo sabes?! —grito rayando la histeria.

Una leve luz azul nos ilumina, es escasa pero suficiente para verle. Sin reparar en ello, estoy agarrada a su cuerpo, mi abdomen soldado al de él, mis manos apresando sus hombros, mi rostro levantado hacia el suyo.

Compruebo a pesar de la oscuridad, que sus ojos grises tienen pequeñas manchas plateadas y sus pestañas espesas son del color de una noche oscura. Su nariz, algo aguileña y torcida, le hace aún más atractivo, y su boca está formada por unos labios generosos y bien dibujados.

Pienso en mi triste y vacía vida, en que ya tengo algunos años y pocas experiencias. Y sobre todo, pienso que realmente voy a morir. Así que dejo de pensar y me dejo llevar por el momento. Agarro su cuello atrayéndolo hacia mí y le beso.

Dejo que todo el miedo desgarrador que me llena salga de mi cuerpo permitiendo que él lo sienta. Estrecho su musculoso cuerpo entre mis manos y permito a mi boca y a mi lengua que lo saboreen, arriesgándose a una negativa.

El inesperado ataque le satisface, haciéndole soltar un gruñido gutural y golpeándome la espalda contra la barra metálica. Quedo presa entre la pared de espejo y su cuerpo. Pero no me importa, besa de maravilla. Nunca antes me habían besado así, o tal vez, la certeza de que voy a morir hace que este beso tenga mejor sabor.

Sus manos recorren mi costado de arriba abajo y se demoraron en mi trasero, atrevidas. No me importa, solo deseo morir de una forma agradable, no pensar en lo que me voy a perder.

Los besos se intensifican, se multiplican haciendo que jadee de pasión, percibo el calor nacer en mi estómago y difundirse al resto de mi cuerpo, corriendo libre por mis venas. Enredo mis dedos en su pelo oscuro y dejo que mi lengua pelee con la suya para demostrarle que yo puedo ganar esta batalla. Siento su sexo, inflamado por el momento, golpear contra el mío. Acaricio su larga y fuerte espalda y dejo que mis manos agarren ese trasero, que antes había admirado, para poder disfrutarlo.

Él me alza de nuevo apoyando mi espalda en la pared de espejo, y con sus fuertes muslos separa mis piernas y se acopla entre ellas, dejándome sentir su gran erección pegada a la humedad de mi sexo. Mi cuerpo instintivamente se acopla al suyo, mis caderas se arquean para acogerlo más cerca de mí, su lengua se vuelve más osada, y sus besos, más bruscos, me roban el aliento.

Siento que voy a desfallecer, todo a mi alrededor se nubla, tan solo puedo pensar en que él me penetre, aquí mismo, en este ascensor oscuro y suspendido a varios metros sobre el suelo. Que me haga suya en este instante. 

Y entonces pienso, ¿por qué no? ¿Qué nos lo impide? A mí nada, desde luego.

Dejo que mis manos vuelen por su cuerpo, arranco como puedo su camiseta de entre los pantalones y disfruto del tacto suave y terso de sus músculos. Mis dedos dibujan cada uno de ellos, como ondas en un paisaje desértico. Así siento mi garganta, árida.

—Si sigues así —jadea—, no voy a poder detenerme. Voy a tener que devorarte.

—Pues devórame —suplico.

Y al escuchar esas palabras cargadas de deseo, él no lo duda. Escucho el ruido metálico de la cremallera al bajar. Sin pensarlo, da un fuerte tirón a mis medias, rasgándolas, dejando como única barrera entre nosotros la suave seda de mi ropa interior, empapada por mi deseo hacia él.

—¿Estás segura? —susurra con su boca torturando uno de mis pezones.

—Si, lo estoy —gimo.

Sus dedos apartan la fina barrera entre nosotros y empuja su miembro dentro de mí, llenándome de un placer que desborda mis sentidos. Turbándome con esa sensación mágica.

Inclino la cabeza hacia atrás y cierro los ojos sin poder evitarlo. Tanta pasión me ciega. Él es pura sensualidad, y yo me estoy arriesgando mucho, pero no me importa, de todas formas estoy convencida de que voy a morir, aunque ahora creo que lo haré por la pasión que desata en mí este extraño.

Sus embestidas son suaves, dejando que mi cuerpo se acostumbre al suyo, me encanta sentirle dentro, sale muy despacio de mí, y vuelve a entrar de nuevo, permitiendo que mi cuerpo saboree cada centímetro de él.

Sus manos agarraran las mías, entrelazando sus dedos a los míos. Cada vez sale con más rapidez y me invade con más apremio. Me gusta sentirle así. Fuerte, duro, rápido. Regalándome un placer intenso... 

Gimo.

Jadeo.

Su boca se apodera de la mía y se traga mis gemidos, que descansan en sus labios, en su boca. Nuestra danza se acelera anunciándonos que la tormenta de pasión llega a su fin. Cada vez nuestros cuerpos se mueven más rápido, más necesitados el uno del otro, entonces, lo percibo. Mi estómago tiembla, un pequeño temblor que nace en él, pero que se extiende al resto de mi cuerpo sin dejar nada olvidado.

Una explosión que me ciega y me deja sin aliento. Después, sale expulsada por mis labios, para morir de nuevo en su boca con un grito liberador. Inmediatamente escucho el suyo, ahogándose en mí.

Tiemblo agarrada a él, mis manos descansan en su cuello, flácidas; él descansa apoyando su frente en la mía, su nariz rozando la mía, su boca sobre la mía, tratando de recuperar de mis labios, de mi cuerpo, el aliento que a él le falta y del que yo tampoco dispongo. Las oleadas de placer disminuyen y sus ojos grises miran a los míos directamente.

—Ha sido un placer devorarte —ronronea en mi oído.

Iba a hablar, a decirle que me había regalado la experiencia más liberadora y maravillosa de mi vida. Pero entonces las luces regresan y el maldito cacharro al que ahora odio por ponerse a funcionar, continúa su descenso.

Él se aleja de mí, dejándome de repente helada, para arreglar su ropa. Yo hago lo que puedo con la mía, las medias rotas me delatan, así que pego fuertes tirones hasta sacarlas enteras. Mejor así.

Las puertas se abren cuando trato de colocar mi pelo en su sitio. Los guardias de seguridad, los dos que hacían la ronda, nos esperan abajo ansiosos por comprobar que el ascensor no alberga prisioneros.

Al vernos se miran uno al otro, extrañados. Me pongo nerviosa, sé que ellos pueden adivinar lo que ha sucedido, el olor a sexo puede verse como una nube espesa.

Siento mucha vergüenza, yo trabajo aquí, así que trato de taparme la cara con el pelo y me marcho de allí a toda prisa, sin decir adiós. Sin saber su nombre. Con la certeza de que jamás volveré a verlo.